Mostrando entradas con la etiqueta borja hermoso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta borja hermoso. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de mayo de 2014

Esquizofrenias de Cannes

Depardieu fotografiándose con críticos de cine españoles
Antes de nada, habría que aceptar que todo lo que se escribe sobre un festival no tiene mucha validez. En un festival de cine no se lleva una vida cómoda, aunque parezca que es solo estár tirado viendo películas. Hay que hacer colas, hay que correr de una sala a otra, hay que buscar entradas y un montón de cosas que te hacen perder el tiempo de manera estúpida. Luego, además, muchos periodistas quieren al mismo tiempo tener tiempo para el ocio, en algunos casos compulsivos como Boyero y su tropa, que parecen que a veces pasan más tiempo en los bares, con mirada melancólica por los tiempos perdidos, a medio camino entre una novela de Hemingway y una canción de Bob Dylan. Escribir, en cualquier caso, es un problema. Y con internet más, porque debido al afán de exclusividad e inmediatez, se hace rápido y con poco cuidado. En este festival de Cannes, por ejemplo, el sirviente de Boyero, que en esta ocasión es Tommaso Koch (parece que Belinchón ha ascendido y ya no tiene que dedicarse a llevarle los cafés a su mimado jefe), escribe sobre The Homesman de Tommy Lee Jones diciendo que es la segunda película del director, cuando es la tercera. Pequeños errores que solo se pueden considerar graves si no lo solucionan. De momento no lo han hecho. Pero bueno, es un error comprensible dado la velocidad y la exigencia con la que hay que escribir.

Los errores, comprensibles. La maldad, la esquizofrenia, el mal gusto, la grosería, eso no. Un ataque de esquizofrenia digno de Norman Bates es lo que ha tenido el cada vez más pomposo y crecido Luis Martínez, que se fue ayer a ver la película de Ferrara a la playa y salió muy cabreado. La película tiene todo lo que les gusta a los periodistas: morbo, sexo, polémicas extracinematográficas -es la propia productora la que se encarga de promocionar la mierda que dicen sobre el film- y responsables artísticos que dan mucho juego debido a su naturaleza viciosa y autodestructiva (Depardieu y Ferrara, ni más ni menos). Lo último que importa es la película. El texto de Martínez se titula Una chapuza orgiástica de poder y dinero (y sexo, claro), y habría que preguntarle si se refiere al film que en teoría reseña o a su propia crítica, un auténtico disparate en el que se cita más de una vez a Eurovisión, a los ruidos exteriores que se escuchaban desde la sala y a un montón de taras psicológicas del propio cronista. Como la película se ha estrenado en buena parte de Europa en el formato Video on Demand, ya puedo decir que solo estoy de acuerdo en una frase de toda la sarta de disparates que suelta. Es esta: «uno no puede por menos que sospechar que el problema es propio, que no ajeno». Efectivamente, es problema suyo y voy a demostrarlo.

Mirad lo que dice en otro párrafo: «La película sigue paso a paso lo sucedido al que fuera director del FMI, pero sin el más mínimo amago de guión, estructura o intención. Los actores hablan como se rascan, por puro efecto reflejo; simple ruido sin otra intención que desesperar a la concurrencia. Depardieu, en concreto, va mezclando inglés con francés con la misma soltura con la que los patos ladran. Nada tiene sentido». Para empezar, lo que no tiene sentido es la argumentación que hace, puesto que si sigue paso a paso lo sucedido, es que algo de guión, estructura o intención sí que hay. Pero no es eso con lo que quiero quedarme.

Digamos que la película de Ferrara trata sobre un tipo que es una mala persona, un corrupto, un nuevo rico aupado a los altares por nuestro terrible sistema capitalista. ¿A qué me suena esto? Se ha hecho recientemente una película similar: The Wolf of Wall Street de Martin Scorsese. Tras establecer esta relación y leer las sandeces de Martínez, me dio por buscar y leer su comentario sobre la película del director de Taxi Driver. Y entre el típico lenguaje espectacular de este cronista, basado en acumular frases retorcidos y pensamientos elevados sobre la alta y la baja cultura, hay un párrafo que merece la pena destacar: «De hecho, toda la película es exactamente el tema del que trata: dinero. Todo lo que toca desaparece. No hay secuencias, escenas, diálogos, tramas; no hay un protagonista, secundarios, figurantes; no hay presentación, nudo, desenlace. Por no haber no hay ni director. Como ese sueño irrealizable de una novela sin cada uno de los componentes de una novela; una novela tan vacía de sí misma que sólo puede ser pura novela (piensen, si pueden, en 'Finnegans Wake'); así es, decíamos, 'El lobo de Wall Street'. Sólo cine». Ahora volved a leer lo que dice sobre la película de Ferrara, en el párrafo anterior. Es tremendo que prácticamente lo mismo que hace buena a The Wolf of Wall Street haga mala a Welcome to New York. Este patinazo de Martínez muestra tanto la estupidez a la que ha llegado el lenguaje de la crítica cinematográfica (basada en utilizar lenguaje técnico -guión, dirección, planificación, ritmo, narración- y añadirle adjetivos maximalistas) como la superficialidad y caducidad de todo lo que se escribe en los festivales de cine. Porque en la mayoría de estos textos no hay pensamiento fuerte, simplemente una descripción de filias y fobias del escritor en un clima de alta presión laboral.

Algo así le pasa también a Boyero, aunque sin lo de la presión laboral. En su última crónica habla de Saint Laurent, la película sobre el famoso modisto francés que estrena en Cannes Bertrand Bonello, el director de L'Apollonide. Nada más empezar suelta: «No te ríes nada en Saint Laurent, la biografía de aquel modisto (antes los llamaban así, no iba aparejado machaconamente el título de artista) llamado Yves Saint Laurent». Como siempre, la puyita de Boyero contra el arte, o contra la banalización del mismo. Pero atención que solo un párrafo después, unas líneas más abajo y tras machacar sin misericordia la película, añade: «Admito que la moda esté en deuda con el arte de Saint Laurent». ¡Madre mía! Así que primero se queja amargamente de que otros convierten el oficio de modisto en arte y solo unas líneas después, él hace exactamente eso. Este hombre está pirado. Eso, o el esclavo que escribe sus artículos mientras él se va de parranda con sus amigotes.

No sé, yo creo que estas cosas se pueden cuidar un poco más. Tratar de ser coherente y de enseñar al espectador algo, no convertirlo en un desfile de fobias, de reducirlo al me gusta, no me gusta. Boyero en su estilo y Martínez en el suyo, hacen exactamente lo mismo. Quizás en el caso del corresponsal es más grave, ya que gasta más palabras y trata de esconder sus argumentos bastante cuestionables en un montón de florituras estilísticas con poco o nulo contenido y que suelen terminar con sentencias absolutas del tipo esto es CINE y otros tópicos por el estilo.

Y en fin, supongo que en Cannes hay muchas cosas más criticables. Cada año las coberturas son peores, porque el festival en una espiral autodestructiva (como cualquier evento cultural en este mundo capitalista) es también cada vez peor. En lugar de mantener la compostura y defender sus ideas (los que las tienen), los cronistas se venden al espectáculo de sacarse fotitos con el primer famoso que encuentran y llenar tuiter de comentarios del estilo de «Acabo de cruzarme con Jessica Chastain y casi me desmayo» o «He tomado un café y en la mesa de al lado estaba Robert Pattinson». Entiendo que tuiter es superficial, pero no sé, no son pensamientos que un profesional en su jornada laboral debería proyectar. Twitter ha destrozado el límite entre lo público y lo privado, y en general no es un problema, pero para mi es difícil tomarse en serio a un cronista que dice abiertamente frases como las de arriba para que las lea todo el mundo y luego defiende la naturaleza radical de algún film o se carga la frivolidad pasajera de un film de Hollywood. En poco tiempo, Cannes se convertirá en una mera pasarela de famosos y films oscarizables, como Toronto y estos cronistas no se podrán quejar, porque ellos mismos han sido los primeros en promocionarlo.

-

Godard no va a Cannes. Hace cuatro años tampoco compareció y Borja Hermoso, el troll de El País, le dedicó unas bellas palabras. No parece que este año haya en el festival un periodista español de la bajeza intelectual de Hermoso, así que nos ahorraremos otro texto que signifique la vergüenza para toda la profesión. Como curiosidad, leed el tercer párrafo, donde a pesar de los años transcurridos sigue manteniéndose un evidente error tipográfico.

-

Cuentas de twitter para seguir Cannes y abochornarse: @luis_m_mundo, @maguerram, @cdelamorTVE, @david_martos (supongo que hay muchos más, pero he querido poner lo más bajo. Se admiten sugerencias)

Cuentas de twitter para seguir Cannes bien:

martes, 11 de febrero de 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados

¿Cómo se le ocurriría el título a David Trueba?
En los años de la revolución francesa, cuando la Asamblea Nacional había tomado el poder y empezaba a procesar a los miembros de la realeza y la nobleza por su actitud irresponsable, estos seguían celebrando sus fiestas y actuando públicamente acorde a sus ritos estamentales. Para las clases privilegiadas lo más importante no es la riqueza ni el poder, sino la apariencia. Con una apariencia y un comportamiento noble, el resto de las cosas vendrían detrás. La realidad es algo que hay que esconder.

Estas prácticas se han trasladado a la actualidad y la gala de los Goya de ayer es un ejemplo perfecto. Cada año, nos dicen que las cifras del cine español son peores, que su situación es precaria, que mucha gente malvive o está en el paro. El año pasado, Candela Peña utilizaba su discurso de premiada, para pedir trabajo. Todos los años, casi como una costumbre, se utiliza la gala para cargar contra las injusticias, las desigualdades sociales y, si gobierna la derecha, contra los políticos. Y no porque los profesionales del cine sean de izquierdas, sino por una razón estética, como indicaba en el primer párrafo. Mostrarse comprometido con las causas más progresistas es lo mejor de cara a la imagen. Algunos dirán que estoy mintiendo y que los profesionales del cine (o al menos los que más agitan el arbol, los actores, productores o directores) tienen un fuerte compromiso social. Pero es difícil de creer si tenemos en cuenta que pese a su terrible situación, siguen celebrando un acto que en nada ayuda al cine, únicamente a industrias de superlujo como la alta costura o la joyería. Las galas son un acto exhibicionista y superficial donde nunca se habla de cine, sino de todo lo que le rodea y que poco le beneficia.

En los años 90, España creció (como siempre gracias a dinero público) como espacio de congresos y grandes macroeventos. No porque hubiese una demanda, sino porque era una buena forma (como se ha demostrado) de ganarse un dineral gracias a la construcción y la corrupción. Así nacieron imperios como el de Rafael Correa (NdA: mis disculpas al presidente de Ecuador, me refería a Francisco Correa) y así se benefició nuestro ilustrísimo Iñaki Urdangarín, organizando jornadas de paz y deporte, y cosas por el estilo. Como en España hace buen tiempo (o suele hacerlo, ahora ya ni eso) y apenas hay obstáculos legales contra el gasto público, se creó una red de congresos, eventos, festivales y demás fastos que vivían del dinero público. Cada pueblo tenía que tener su festival de cine, su evento deportivo, su congreso de algún tipo o su salón del comic. Yo, que he vivido en varias ciudades a lo largo de mi vida, siempre me resultó curioso la proliferación de festivales de magia. Aunque evidentemente la joya de la corona fueron los aeropuertos, cada ciudad tenía que tener uno. Supongo que todo se limitaba a la típica competencia entre ayuntamientos, la voracidad por conseguir votos en base al populismo más primario.

Pero (y con esto volvemos a los Goya) la realidad es que detrás de esto no había nada productivo. Simples espectáculos de masas. Superficiales y gigantescas operaciones publicitarias de los políticos de turno, como esa demencial cruzada de los políticos madrileños en busca de los juegos olímpicos. Y toda esta burbuja imitando al amigo americano. Las galas de premios, los salones del comic, las quedadas de fans, el Halloween, etc... fiestas que han ganado un espacio en nuestra vida cotidiana gracias a la influencia americana. No digo que sea buena o mala, cada cual pensará de una manera, pero mientras en EEUU esto surgió de manera espontánea y además en muchos casos existen para abastecer a una audiencia mundial, ¿qué repercusión tienen fuera de España estos eventos «culturales»? ¿En serio a alguien le interesan, fuera de España, los Goya o el salón del comic de Barcelona? En la ciudad condal, por tener, tienen hasta un salón erótico esperpéntico y de marcado mal gusto. Pero todo sea por hinchar esa burbuja mediática, por llenar espacio en diarios y programas de noticias (siempre estatales, claro), por abastecer a una audiencia endogámica ávida de tener acceso a «lo mismo» que en EEUU.

Pero como todo en esta vida se acaba, el dinero público también, lo que ha dejado en España un paisaje apocalíptico de salas de ferias y congresos que apenas albergan eventos del tipo concursos de tapas o los ya mentados festivales de magia. En los festivales de cine, si seguís este blog, ya sabéis lo que pasa. En muchos casos, se han tenido que buscar patrocinadores, cada vez más presentes, para poder cerrar las cuentas. En el caso de nuestros comprometidísimos Goya no han tenido mejor idea que asociarse con una empresa de trabajo temporal. Así que la mayoría de eventos y reuniones de la Academia de Cine han incluido el logotipo de esta empresa que, al igual que todas las de su tipo, significan precariedad y darwinismo laboral. Este es el compromiso de los Goya. ¿Dónde está el límite? No hay límite para la desfachatez de algunos personajes o empresas. Ojo a esta noticia que aparece en la propia web de la academia. Se considera una «oportunidad laboral» el trabajar una noche como ayudante de entregador de un Goya. ¿Qué valor tendría eso en un currículum? Quién sabe, quizás Adecco ponga a esos cuatro privilegiados entre esas estadísticas que se realizan al final de cada año de la gente que encontró trabajo gracias a su empresa.

Aquí Enrique González-Macho junto a un saco de dinero
 Otra constante en la gala de los Goya es la gente que se agolpa en la calle para protestar. Los primeros años la respuesta de los profesionales de la academia fue reaccionar contra ellos o bien evitarlos, como el año que hicieron una alfombra roja indoor para evitar el chaparrón de abucheos y gritos en contra. O que les lanzaran huevos. Los últimos años esto ha cambiado bastante, con Santiago Segura o Alex de la Iglesia, solidarizándose con los manifestantes o al menos mostrando comprensión. Como mediáticamente fueron muy alabados, parece que otros han decidido seguir su ejemplo, de ahí que varios famosos se acercasen a los manifestantes para mostrar su apoyo. Eran gente manifestándose contra los desahucios o contra el reciente ERE de Coca-Cola, aunque imagino que el significado era no solo la visibilidad de estos premios, sino también mostrar su indignación ante esta exhibición de superlujo en un país tan dramáticamente golpeado por la crisis como España. En la noticia enlazada antes, vemos a los Bardem acercándose a los manifestantes. Luego Bardem salió a entregar un premio o algo así, y no dudó en soltar un discurso sobre el bien y el mal, donde el bien eran sus amigos y él, y el mal el gobierno. Hoy por la mañana, un grandísimo ignorante como Vicente Martínez Pujalte, uno de esos dobermann del PP que solo existen para soltar burradas y que los más fanáticos de este partido se vengan arriba, decía que Bardem no podía quejarse porque había sido defensor de Zapatero. Esto es una tontería, sobre todo teniendo a mano, aún calentito, el caso Bardemcilla, donde la comprometidísima familia Bardem tiró de ERE para finiquitar a todos los trabajadores de un local madrileño que regentaba el único miembro de la familia que no pudo entrar en el show business. No voy a volver sobre ese tema (ya lo hice en su momento), pero dejo aquí un ejemplo del vergonzoso trato que le dio El País al asunto, poniéndose del lado de la estrella y tratando a los trabajadores como basura.

Como no vi la gala y tampoco vi las películas nominadas, no voy a hacer ninguna valoración sobre el tema. Los Goya representan un cine español que no me interesa. Alguno dirá que ya que no me interesa, no debería hablar de él, pero puesto que se paga con nuestro dinero (80000 euros en este último ejercicio), se promociona en nuestros medios de comunicación públicos, creo que tengo derecho (incluso obligación) de hacerlo, y más si lo considero una injusticia y una vergüenza que nada tienen que ver con lo que se le debe exigir a un evento de interés cultural. Los Goya son una pura epifanía capitalista pagada mayormente con dinero público y que encima completan su financiación promocionando empresas que son una falta de respeto a todos los trabajadores y parados de este país. Por lo tanto, la gente que dice eso de «si no te gusta, no lo veas» creo que tiene poca idea de lo que supone esta gala. Bueno, verla, por salud, nadie debería verla, pero opinar sobre lo que significa en la situación de este país, creo que es sano y democrático, dejando de lado opiniones a la Montoro de «todo el cine español es malo».

-

Uno de los momentos más polémicos de la gala parece que ha sido el famoso video en recuerdo de los profesionales fallecidos a lo largo de este año. En este repaso, se incluyó a la periodista Beatrice Sartori, que bueno, no digo que no merezca un recuerdo, pero quizás en una gala cinematográfica sobre. Cierto que se dedicó al periodismo cinematográfico, pero no sé, ¿incluirán a Gregorio Belinchón cuando fallezca? Hombre, Sartori era mejor periodista, pero tampoco vamos a valorar su inclusión o no en una cuestión de opinión. Yo veo bien que incluyan a reconocidos críticos que realmente hayan supuesto un antes o un después en la profesión, incluso en el cine español, como José Luis Guarner o Miguel Marías (aunque este último que dure muchos años), pero ese no es el caso de Sartori. Con todo, es una cuestión de opinión. Lo que no es opinable es que Beatrice Sartori no es Nùria Vidal. Todo lo que rodea a esta equivocación huele a cutrez, improvisación y desinterés por parte de la academia de cine (recuerden, ochenta mil euros de subvención).

En ese mismo link hablan de la otra polémica: la inclusión de Concha García-Campoy. Lo más terrible de todo es que justifiquen su aparición por pequeños papeles y porque presentó un programa de cine en Telecinco. Seguramente esas fueron las razones y no que su pareja sentimental era Andrés Vicente Gómez.

-

«Estoy listo para mi primer plano, señor DeMille»
Desde que El País lo dirige un holding americano de empresas, cada vez que inician una campaña o seponen comprometidos con algo, es fácil ver una razón detrás. Como los ataques furibundos de este diario a los dirigentes de América Latina o su completo cambio de perspectiva del conflicto palestino-israelí. Bueno, con Polanco también se utilizaban estas tácticas empresariales, pero al menos había periodistas más doctos o en mejor posición para hablar de determinados temas. Uno de ellos no era Iñaki Gabilondo, uno de los creadores y máximos representantes del populismo periodístico de izquierdas en España, tras la farsa histórica de la Transición. Su discurso siempre fue simple, pero airado, de esas personas que defienden que una ama de casa tiene tanto que decir sobre macroeconomía como un nobel de literatura, de ahí que bajo su brazo creciesen «periodistas» como Carles Francino o Ana Pastor. Una vez jubilado de la radio, pasó a la televisión donde hizo el programa de noticias de la recién nacida Cuatro, que al igual que todo el contenido de la cadena, era telebasura de la buena. Su mayor hit fue atacar (verbalmente) a un discapacitado, aunque a su favor hay que decir que después pidió perdón (algo complicado de ver en la profesión).  Ahora, fuera ya de radio y televisión, hace un videoblog en El País, cada vez más escondido y menos interesante. La última entrada está dedicada al cine español y es un auténtico despropósito. No niego que no tenga razón en muchas cosas, pero limitar todos los males de nuestro cine a ataques externos no le hace ningún favor a la industria, ni tampoco a la profesión periodística a la que, por suerte, Gabilondo ya apenas se dedica.

Otro que tampoco aparece mucho últimamente (lo que agradecen mis ojos y mi sistema digestivo) es Borja Hermoso. Pero sí aparece cuando hay que dejar clara la línea editorial en cuestiones de cultura o bien cuando hay que colgarse medallitas por alguna exclusiva basura (como lo del cierre de los Verdi). Hoy escribe sobre el desplante del ministro Wert, el primero ministro de cultura que se ausenta de la gala en toda su historia.

Respecto a lo de Wert, a mi su espantada me parecería bien, si mañana cambiase de arriba a abajo el sistema de subvenciones, eliminando las ayudas a amortización, impidiendo chanchullos en el tema de las coproducciones o a la hora de colar proyectos por enchufe, que defendiese festivales de cine y programas de exhibición y promoción del cine español en pueblos y provincias a donde no llega. Si hiciese todo eso y mandase a tomar viento a la clase alta del cine español, a esa que vive en la burbuja, pues entonces le diría que bien hecho. Pero claro, la realidad es diferente, y Wert es un ministro que se mostró chulesco y autoritario en sus declaraciones del último año, y ahora se escapa como un cobarde de una gala que iba a ser un acoso y derribo contra él. Además, no lo neguemos, si no fuese por los discursitos estéticos anti-PP, esta operación publicitaria que son los Goya es lo que entiende el actual Partido Popular por cultura: fiesta, folclore, glamour... Solo hay que ver la Comunidad Valenciana.

En cuanto a Borja Hermoso, se podría citar todo el texto, línea a línea, para dejarlo en evidencia. Los dos primeros párrafos son pura basura populista, apelando al español medio y utilizando palabras como «puñetero» o lo de «tomar las de Villadiego» no sé si para incluir en el texto algo de costumbrismo o sabiduría popular, defendiendo el uso del lenguaje de la calle. ¿Y qué decir de ese «tod@s» con arroba incluida para mostrarse multigenérico? ¿En serio el corrector de El País admitió eso para la edición impresa. ¡No me lo puedo creer!

Pero atención a lo que sigue: «Y si resulta que la gente va al curro, coge la piqueta y se traga los sapos y las culebras que hagan falta en la antipática sucesión de los días o del inquietante insomnio de las noches y luego ve que un ministro del Gobierno de España se disfraza de Juan Tamariz y se saca de la chistera una cita en Londres para no estar en los Goya». Ahora piensen en un periodista. Uno que trabaja en El País. Uno que es conocido porque cuando no le gusta un aspecto de su trabajo, se ausenta de él, sin ningún remordimiento. ¿Os suena? Una pista más: es uno de los mejores amigos de Borja Hermoso e hizo, al igual que él el trayecto de El Mundo a El País. ¿A que es fácil? Pues esta es la coherencia de Hermoso.

Dice de los Goya «que es una de las dos o tres convocatorias más importantes del año para quien lleva la cartera de Cultura». Ya veis, el trabajo principal de un ministro no es legislar, ni trabajar para mejorar el funcionamiento de su ministerio, ni acudir a certámenes de literatura, cine, música, etc... No, no, es acudir a la alfombra roja de esta exhibición de superlujo a hacerse fotos con González-Macho, Bardem y el resto de la Marca(Cine)España, que no el  «cine español» en su totalidad, como nos quieren vender. No, el cine español es la clase privilegiada, no los miles de trabajadores y creadores que hay detrás. Y Borja Hermoso dice que lo importante de un ministro es ir a esa gala. Porque para El País y para Hermoso, eso es lo importante del cine: la fiesta, la exhibición de lujo, el glamour. Eso es lo que vende periódicos. El populismo más rancio.

-

Por si no había suficientes galas ni saraos en el cine español y todo lo que le rodea, algunos periodistas no tuvieron mejor idea que crear una nueva. Tiene el infame nombre de Premios Feroz y los da una asociación con el pomposo nombre de Asociación de Informadores Cinematográficos de España, que realmente parecen ser El País, El Mundo, Cinemanía y algunas tuitstars de periódicos regionales. Se autodenominan «los globos de oro españoles», a pesar de que ni los da la prensa extranjera asentada en España y valoran únicamente el cine y no la televisión (ya es difícil valorar la producción cinematográfica como para ponerse con el holocausto televisivo), aunque aún resulta más esperpéntico ese «antesala de los Goya», como si esta absoluta irresponsabilidad de nuestra industria necesitara además un primer plato. Ya es suficientemente indigesta de por sí sola.

Al menos se puede decir que no tenían como patrocinador una ETT. No, en su lugar tenían a Gas Natural Fenosa. Casualidades del destino, un par de semanas después de la confirmación del patrocinio se desvelaba el pufo de las eléctricas para subir la factura de la luz. Evidentemente, hay mayores razones de peso para estas subidas de tarifas, pero no es lo más razonable de cara al consumidor que le claven un puñal en la factura y al mismo tiempo vea en la televisión cómo patrocina cosas tan inanes como esta. Parafraseando a Borja Hermoso en su artículo sobre Wert, yo creo que las eléctricas deberían ser expertas en simbología.

De la gala solo vi un par de minutos (la presentaba una actriz de Los Serrano, ahí el nivel) y tenía a periodistas y profesionales del cine en mesas redondas, bebiendo y subiendo tambaleantes a recoger los premios. Tan tan tan innecesarios son estos galardones que encima votaron prácticamente lo mismo que los Goya, con notables innovaciones (¿?) como las categorías de mejor trailer y mejor cartel.

Puesto que son periodistas comprometidos con el futuro del cine español y su viabilidad, así como de la promoción del cine diferente y que no tiene acceso al circuito comercial, la Asociación de informadores cinematográficos de España no se presentará jamás a las ayudas del ICAA a la organización de festivales y certámenes cinematográficos. Que será siempre algo privado sin ayudas públicas de ningún tipo. Imagino que sí, porque muchos de sus miembros participaron en la defensa de festivales de cine como el Punto de Vista y otros amenazados por los recortes. No sería muy coherente que ahora compitiesen con esos mismos certámenes por una financiación pública para su alfombra roja y su photocall. En un par de meses lo sabremos.

-

El año pasado, en el Festival de Venecia, Carlos Boyero dijo que se sentía hastiado y que iba a pedir que no le siguiesen llevando a festivales de cine, o al menos a aquellos que no tuviesen muchas películas que le gustasen. Parece que ha cumplido su amenaza y por eso no lo tenemos este año en la Berlinale. En su lugar, El País manda a Belinchón, que intentará dejar alto el pabellón tras la renuncia de su amigo. A Boyero se le podría aplicar el mismo dicho que a Zapatero: «alguien vendrá que bueno te hará»

sábado, 20 de abril de 2013

El País, sus fobias y las mías

¿Garrel? ¿Quién es ese?
Este fin de semana produce en España un acontecimiento bastante importante en lo que se refiere al mundo cinematográfico. Philippe Garrel estrena por primera vez una película en cines comerciales en España. Se acaban así casi veinte años de olvido, o de censura comercial, según lo quieran ver. El blog nace en cierta manera para celebrar la noticia, pero también para hablar un poco de la cobertura que ha tenido el estreno.

Porque esto sería un acontecimiento si España fuese un país normal. Pero como nuestro concepto de excepción cultural es programar ciclos de James Bond en filmotecas y hablar de las piernas de Marilyn Monroe, y encima hacerlo pasar por cinefilia hardcore, lo de Garrel se ha tomado con la apatía habitual con la que se recibe el cine que se escapa a esos cánones cinéfilos.

Especialmente grave es, una vez más, el caso de El País, anteriormente diario independiente, hoy global. Imagino que la noticia del estreno de un filme de Garrel hizo cundir el pánico en la sección de cultura, dirigida por Borja Hermoso y cuya imagen corporativa es Carlos Boyero, el ex-crítico de cine que ha utilizado las palabras «intelectual», «progresista» y «cultura» como insulto en varias de sus crónicas. Imagínense la situación: llega la noticia del estreno de una película de Garrel a El País. Pánico en la redacción. ¿Quién recibirá el castigo de escribir sobre ella? La escena sería similar a cuando en la escuela el profesor miraba la lista de alumnos para llamar a uno al encerado y acribillarlo a preguntas. Sudor frío.

Al final el encargado fue Javier Ocaña, muy capacitado para destrozar con un par de groseros guantazos toda película de autor que no sea vendible y exportable. Vean si no los bellos versos que le dedicó a Aleksandr Sokurov o la desarrollada y extensa crítica de 669 caracteres que realizó sobre (más bien contra) La vida sublime. Hace poco, en una entrevista para A Cuarta Parede, decía sin ningún rubor que a él el estilo Boyero no le iba. Podemos justificarlo en que realiza un trabajo automático y poco agradecido, y también en que el espacio que le dedica El País a la cultura dentro de poco solo va a dar para poner caritas sonrientes o tristes según la opinión que les merezca la película, pero masacrar de esa manera a una película sencilla y hecha entre amigos como La vida sublime me parece bastante injusto.

Yéndonos al caso que nos ocupa, el de Un été brûlant, la película que ha tenido el honor de estrenar la filmografía de Garrel en nuestros maltrechos cines comerciales, es conveniente comenzar comparándola con otra crítica que escribe Ocaña en la misma edición del diario. Se trata de The Hunt, la película de Thomas Vinterberg, director al que Ocaña se refiere como «siempre interesante», mientras que de las primeras películas de Garrel dice que eran «fascinantes o deplorables». Obviamente, esto es una opinión y me parece muy bien que tenga la suya, pero resulta curioso que un director como Vinterberg, cuya filmografía ha dado varios vuelcos, con cine dogma, cine de calidad europeo e incluso acercamientos al indie americano con estrellas, le parezca siempre interesante y un director como Garrel, de una coherencia total con una evolución muy clara desde sus inicios, a veces le fascine y otras le aborrezca. Yo creo (y esta es mi opinión) que Garrel es un director que puede gustar o no, pero es un cine que debería generar siempre una opinión similar, ya que su estilo, si bien no ha sido siempre el mismo, sí que parte de unas ideas muy claras respecto al cine que quiere hacer. Quizás a Ocaña precisamente le gusta que los directores hagan una película y a continuación otra que la contradiga por completo. Nada que objetar, claro.

Lo que sí me parece abiertamente discutible es la siguiente sentencia: «poco queda de aquella actitud posnouvelle vague: las secuencias que comienzan con un plano con los personajes ya inundados en lágrimas son el colmo de la preparación previa». Aquí reconozco que no sigo a Ocaña. No tengo claro a qué se refiere con posnouvelle vague. Sinceramente, si habla del propio Garrel, de Eustache o del grupo Zanzíbar, no creo que haya películas con más preparación previa que ellas. Lo mismo con los directores del grupo Diagonale (Vecchiali, Guiguet, Treilhou). Todos ellos trabajan sobre el artificio y la teatralidad. Puede que La maman et la putain o las películas de Garrel de los ochenta sí tuvieran una cierta noción de realismo, sobre todo en los escenarios, que eran los de sus propias vidas, pero la manera de acercarse a los sentimientos y de filmar los diálogos, tienen más que ver con lo poético, lo fantasmal e incluso lo onírico. O quizás el crítico se refiera a ese tópico de libro de historia del cine para niños que se refiere a la nouvelle vague como esa generación que sacó las cámaras a la calle y filmaba el mundo contemporáneo. Esto es verdad hasta cierto punto. Muchas películas canónicas de los directores franceses de la época hacen eso, pero siempre interviniendo ese realismo con ideas y citas literarias, teatrales e incluso cinematográficas que atentaban contra esa herencia neorrealista que tenían sus primeras películas. Sí, Godard y Truffaut filmaron las calles de París de manera directa, mostrando un ambiente más cercano a la realidad que los decorados de los films clásicos, pero apenas unos meses después, el director de A bout de souffle hizo Une femme est un femme, mezcla de slapstick y musical rodado en technicolor y en 2.35 como homenaje a las películas de Cukor, Donen o Minnelli. Ya no les hablo de Jacques Rivette. De esta mirada superficial sobre la nouvelle vague y el desprecio general del crítico español hacia ella, habrá que dedicarle un artículo aparte, ya que material hay para dar y tomar.

Es decir, que todas esas líneas que Ocaña utiliza para cargarse Un été brûlant nacen de una noción falsa acerca de lo que era la nouvelle vague y lo que vino después. Lo del «plano con los personajes ya inundados en lágrimas» supongo que lo dice porque no ha visto Vivre sa vie, también de Godard y también canónica. O La maman et la putain. O muchas otras películas representativas de esa época y de esa manera de hacer cine. La imagen de una mujer llorando, sin una razón aparentemente dramática o narrativa, es una situación muy común. Supongo que Ocaña se refiere a que Garrel lo hace mal, pero es que tampoco dice eso. Porque si lo dijera tendría que explicar porqué lo hace mal. ¿Y para qué va a explicar cosas un crítico cuando puede sentenciar a muerte la película?

Las últimas líneas de la crítica simplemente reflejan la impotencia del crítico ante una película que le supera, hablando de las supuestas críticas que hace Garrel a la política de su país y a la producción cinematográfica. Por supuesto, ni una línea sobre que esta fue la última película que Garrel rodó con su padre (Maurice Garrel murió en junio de 2011, antes de ver terminada la película), a quien había convertido en un personaje de su cine, o bien al revés, había utilizado el cine para expresar la relación que tenía con él. Su última aparición es hermosa y llena de significado: un plano contraplano entre Maurice y Louis Garrel, padre e hijo del director, que durante la escena seguramente estaba en medio de ambos, formando una curiosa cadena de transmisión.

Nada de esto parece interesarle a Ocaña (aunque podemos disculparle una vez más por la falta de espacio y -seguramente- de tiempo), que ya en el primer párrafo habla de Garrel como experimentalista y underground, quizás poniendo sobre aviso al lector habitual de su periódico, acostumbrado a los eructos del crítico estrella Boyero. En mi opinión, un crítico, y más aún el de un periódico (ya que será leído por un público no necesariamente cinéfilo) debe dar su opinión sobre el filme, pero al mismo tiempo desarrollar una serie de ideas que permitan al espectador generar su propia opinión, que debería poder ser contraria a la del crítico.

-

«Cada vez que escucho la palabra cultura»
Relacionado con lo anterior, esta semana nos enterábamos de la triste noticia del cierre (o decadencia final, más bien) de Alta Films, dedicada a la exhibición y producción de cine de autor, precisamente la distribuidora de la película de Garrel. Antes de pasar a analizarlo, todo mi apoyo para todas las personas que se quedan sin trabajo, entre los que por supuesto no se encuentra el máximo responsable de la empresa, Enrique González-Macho, más conocido últimamente por ser el presidente de la Academia, que ha conseguido que el PP le haga una terrible Ley Antidescargas que amenaza con convertir en un solar años y años de esfuerzo colectivo por recopilar un cine que a ningún distribuidor jamás se le pasó por la cabeza estrenar.

Empezaré diciendo que la noticia no se puede llamar noticia. En twitter, Toni García Ramón (El País) estaba orgullosísimo de que su jefe, Borja Hermoso, diera la exclusiva. Yo le contesté con humor (quizás demasiado venenoso) y él me llamó troll. Luego se dedicó a seguir insultándome sin citarme (un clásico). Es muy de periodista con actividad en twitter. Si no me dan la razón, me encierro alrededor de mi grupillo de incondicionales y empiezo a soltar consignas violentas. Hice una instántanea de mis cinco minutos de gloria. Luego la conversación ha seguido con momentos agrios, cuando había empezado (pensaba yo) de manera divertida

Lo que yo trataba de explicarle al periodista de El País era que cómo es posible que el periodismo cultural intente vivir de conseguir exclusivas. Esa competición por ser el primero en descubrir o ver algo me parece algo totalmente ajeno a la cultura. Tiene más que ver con el mercado, la publicidad y todas esas cosas. No sé si esta búsqueda de exclusivas va a consistir en ver al jefe de la sección cultural de El País buscando en la basura de la gente del cine. No hay que olvidar que tanto Hermoso como Boyero, vienen de la escuela de Pedro J. Ramírez, y al igual que su maestro tienen esa vocación sensacionalista y lenguaje más bien soez. Todo viene, claro, del periodismo deportivo (o futbolístico) donde también hay ese frenesí fatal por conseguir exclusivas cueste lo que cueste, tengan interés o no.

Pero bueno, aceptaré que Hermoso consiguió la exclusiva. El problema es que luego leí el artículo surgido de esa gran investigación periodística y era difícil saber cuál era esa famosa exclusiva. Realmente el artículo era una entrevista a González-Macho en la que hablaba de la lenta decadencia de su negocio. Un paso más, pues su delicada situación ya era conocida y hace un año ya había cerrado unos cines en Zaragoza y Palma. También asegura que aunque cierre las oficinas, mantendrá abiertas unas salas. Al presidente de la Academia del Cine le honra decir que quiere acabar con el negocio dignamente, con todo el mundo cobrando su indemnización. También, aunque parezca sorprendente, no cita a la piratería y al malvado espectador ausente como causantes de la debacle, sino a la mala gestión del gobierno. Algo en lo que estoy de acuerdo con él, aunque imagino que su solución y la mia distan mucho de ser similares. La sensación que tiene uno al leer el artículo es que es una llamada de ayuda de González-Macho para sacar adelante su negocio.

Sobre Alta Films, me es muy difícil opinar, ya que yo soy de un pueblo y su trabajo apenas ha llegado. Como suele ser habitual, es algo que prácticamente se limita a Barcelona y a Madrid, y como todo el mundo de la cultura es endogámico, lo han convertido en un drama nacional. Si uno ve sus estrenos del último medio año (Trueba, Soderbergh, Loach, Anderson, Castellito) sólo puedo decir que se dedicaban a un cine de autor muy determinado, con claras ambiciones culturales y con un riesgo bastante limitado, aunque esto es España y con educadores culturales como Boyero o Hermoso todo lo que huela a cine de autor, aunque sea abiertamente comercial, es susceptible de fracasar. Pero en fin, lo que quiero decir con todo esto es que Alta Films tampoco era el santo grial, ni ofrecía una oferta de cine de autor variada. De hecho, la mayor variación a su catálogo ha sido precisamente la película de Philippe Garrel, estrenada con año y medio de retraso, pese a que en ella hay un desnudo integral de Monica Bellucci. Si no puedes vender eso en un país donde hace unas décadas se cruzaba la frontera para ir a ver a Marlon Brando untándole el culo con mantequilla a Maria Schneider es que es claramente un problema de marketing de la propia empresa.

Todo esto nos lleva al problema de fondo, que es la falta de una política cultural en lo que se refiere al cine. El cine que no viene de Hollywood, o que no se parece a este, ya es considerado como sospechoso. Tengo amigos que me dicen lo contrario, que hay gente que mira al cine de Hollywood con desprecio. Pero sinceramente, si alguien piensa que el número de gente que cree una cosa y los que creen la otra se acercan relativamente es que vive en un mundo de dibujos animados creado por él mismo. Que sí, que pensar tanto una cosa como la otra está mal, pero aquí hablo del impacto que tiene esto en la sociedad, y en ese sentido está claro que los primeros ganan por goleada. La última ocurrencia es que los festivales y las filmotecas deben tener cine comercial porque es tan creativo como cualquier película de autor. A la aseveración seguramente no le falta razón, hay películas comerciales que me gustan mucho y que disfruto mucho más que la mayoría de aberraciones de autor que pueblan los festivales. El problema es que las filmotecas son un espacio creado precisamente para que obras que no pueden competir en un mercado abierto con las grandes producciones de Hollywood tengan visibilidad. Una visibilidad muy limitada ya que el Estado tampoco puede luchar contra el aparato publicitario de los grandes estudios. Pero si tú dedicas parte de la programación de tu centro de arte, filmoteca o lo que sea a exhibir cine comercial que se puede ver en alta definición o incluso en cine en centros comerciales, le estás quitando posibilidades a otro cine que necesita de esos espacios para sobrevivir. 

Bueno, como El País había dado la exclusiva, quizás sus más activos tuiteros del área cultural sintieron la necesidad de comentar la noticia. Ya hablé arriba de Toni García Ramón, que se dedicó más bien al corporativismo y lanzó algún cuestionamiento acerca del por qué de las razones del cierre (del futuro cierre) de Alta Films. Mucho más activo fue Jordi Costa, que con su énfasis habitual hablaba del apocalipsis. Aquí, aquí y, mi favorita, aq, además de muchas e interminables discusiones de twitter que, como dije en el post anterior no terminan en ninguna parte. Vean que en los tres tuits anteriores, Jordi Costa echa la culpa a la gente, a los demás. Evidentemente, que El País, el periódico más leído de España, haya despreciado sistemáticamente el cine de autor, digamos, minoritario no tiene nada que ver. Un periódico, a pesar de ser leído diariamente por cientos de miles de personas (en internet por millones) eso no afecta nada en los hábitos de consumo. Jordi Costa podrá decir en su defensa que sí, que él es independiente, y es capaz de defender el más grande de los blockbusters como la más difícil de las películas de autor. Supongo que sus compañeros de redacción no piensan igual y Jordi Costa permanece callado ante el atropello constante que sufre determinado cine todos los fines de semana. Siempre que hay que defender el blockbuster más gigantesco de Hollywood, sí, ahí está Jordi Costa. Al revés, pues muy de cuando en cuando.

Mi opinión, quizás exagerada, es que los medios de comunicación generalistas son los principales culpables de esta crisis del cine de autor. Incapaces de defender algo tan simple como la excepción cultural. Incapaces de dar pistas al espectador para descubrir otro tipo de cine, sino masacrándolas a base de opinión y enfrentándolas sin ningún miramiento al cine de Hollywood, apoyado por una maquinaria comercial de la que El País ya forma parte. Uno de mis momentos favoritos de la extrema decadencia de la sección cultural de este periódico fue cuando se estrenó Uncle Boonmee who can recall his past lives, película que llegó a España por ganar la Palma de Oro en Cannes y por tener un productor español. El antiguo diario independiente de la mañana ya había destrozado a la película en su paso por el festival de Cannes, así que quizás ahora era momento de dar una visión diferente, ¿no? Bueno, a medias, ya que recurrieron al famoso a favor o en contra. La crítica a favor es de Gregorio Belinchón y el comentario negativo de ese intrépido cazador de exclusivas llamado Borja Hermoso. Lean las dos críticas y noten la diferencia de tono. Mientras Belinchón prácticamente pide disculpas porque le haya gustado, su jefe atiza no sólo a la película a base de exabruptos, sino también a todos aquellos a los que les gusta. Las dos últimas líneas, haciéndose el loco, no tienen desperdicio. No sé qué necesidad había de crear esta polémica, ni por qué no se hace más a menudo en el periódico. Bueno, a mi hasta me sorprende que Belinchón haya conseguido meter su crítica a favor.

Inolvidable fue el análisis del palmarés del festival de Venecia de 2011, donde Toni García Ramón se inventaba un mundo personal donde todo sucedía como él quería. Según él (aunque lo hiciera extensible a «todo el mundo»), el jurado había cometido el gran error de darle el premio a una película pequeña y sin posibilidades de tener una carrera comercial en lugar de dárselo a una película comercial con rasgos autorales. Aquí el crítico adoptaba sin ningún miramiento el propio pensamiento de mercado. En lugar de decir que quizás una película como Faust (la película de Sokurov que ganó el León de Oro) podría interesar a alguna distribuidora, el propio crítico, el periodista cultural, ya la condenaba al ostracismo. Pese a los enormes esfuerzos de Toni García por impedirlo, la película de Sokurov consiguió estrenarse, aunque a Javier Ocaña no le hiciera mucha gracia, como ya vimos antes.

Me estoy yendo un poco por las ramas, esto daba para un post más largo y exclusivo sobre este tema. Lo que quería decir (y ya lo llevo adelantando en todo el post) es que a mi modo de ver un periódico debe ser lo suficientemente ecléctico para saber explicar, hacer ver, al espectador diferentes tipos de cine. Saber explicárselo. Como dice Ocaña en la entrevista de A Cuarta Parede, «un mediador entre un grupo de personas que han creado un producto, más comercial o más artístico, y otra gente que lee un periódico buscando qué ver el fin de semana». Supongo que en casos como el de Garrel o el de Sokurov, lo que hay entre el producto y el espectador es un muro, o un pelotón de fusilamiento. Si juntamos a todos los periodistas que han escrito sobre cine en El País (haciendo recuento, quizás me dejo alguno: Carlos Boyero, Borja Hermoso, Elsa Fernández-Santos, Javier Ocaña, Jordi Costa, Gregorio Belinchón, Toni García Ramón e incluso Diego Galán) no encontraron a nadie no ya que defendiera la película de Garrel, sino que simplemente hiciera un texto genérico sobre lo que podría tener de interesante .

Ahora bien, podemos coger todas las críticas positivas que El País ha hecho de pequeñas películas de cine de autor y decir que todo lo que digo en estas líneas me lo estoy inventando. Que El País solo da su opinión y que a veces es positiva y a veces negativa. Y que Alta Films cierra por la piratería, por el gobierno, por las televisiones y que los medios de comunicación no tienen nada que ver en los hábitos de consumo del espectador. Tienen tan poco sentido de culpa que hasta Boyero se permite llorar la (futura) muerte de Alta Films. Vean la undécima pregunta. ¡Enrique, mi amigo Enrique, a quien tantas veces le destrocé sus películas! Sí, ya sé, Boyero sólo da su opinión. Tiene una personalidad tan grande, tan incontrolable, tan independiente, que hace lo que le da la gana. Y si pides (sin exigir, eh) una mayor responsabilidad del crítico como mediador, como pasante (pido perdón por citar a Daney), entonces eres un censor. Ellos nada. Ellos se piensan que después de que los principales periódicos de España masacren en bloque una película en un festival, va a venir un distribuidor a comprarla para estrenarla al día siguiente. Y a veces lo han hecho, como en el caso de Garrel. La respuesta de El País a este desafío ya la tienen al principio de esta entrada.

-
El triplete tendrá que esperar
Anteayer se presentaron las secciones oficiales del Festival de Cine de Cannes. Desde hace días ya se venía anunciando el evento y como suele ser habitual muchos medios picaron el anzuelo, vendiendo el simple anuncio de las películas programadas como un acontecimiento mundial.

Lo más curioso es que pese a la antelación con la que lo vendieron y la expectación que se creó ante algo tan burdo, la presentación fue de un cutrerío considerable, con Thierry Frémaux con sus exageradas gesticulaciones de siempre y el imprescindible Gilles Jacob, que hizo poco más que figurar, sentados en una mesa y sobre un fondo blanco. Todo parecía improvisado y digno de un festival de pueblo. O de los Goya. Y muy lejos de lo que se podría esperar del que se considera el mejor festival del mundo, pese a que lleva años en franca decadencia y sobrevive gracias a generar expectación (como este caso) y convertir en producto enlatado todo lo que pasa por la alfombra roja.

La selección fue imprevisible. Imprevisible para mal, ya que seguramente pocos se esperaban una selección tan conservadora, incapaz de señalar algún nombre nuevo o una película que a priori pueda resultar una diferencia respecto a lo que se espera de una sección oficial de un festival de cine. Esto a priori, luego nada impide que François Ozon, Alexander Payne o Jia Zhang-ke den un vuelco a sus carreras y hagan realmente algo fuera de lo esperado. Pero la sensación general es poco atractiva. Y es una selección poco variada. De las diecinueve seleccionadas a concurso, once son francesas o estadounidenses. Entre los franceses no está Godard y entre los americanos no está Jarmusch, dos a los que se les esperaba y con muchas ganas. Cuando se supo que Spielberg sería el presidente del jurado, varios defensores del cineasta aventuraban (sin nada que apoyase esa manera de pensar, claro) un gran momento de la historia de Cannes, con Spielberg dándole la Palma de Oro a Godard. Esa escena, más cercana a la ciencia ficción que a la realidad, ya no se podrá dar. Nos tendremos que conformar con que premie a Sorrentino o Kechiche.

Otro detalle curioso, o más bien problemático, es la poca presencia de directoras en la sección oficial.. La pasada edición ya hubo polémica porque se achacó la ausencia de mujeres cineastas en la sección oficial al número muy limitado de mujeres dentro del comité de selección. Evidentemente Frémaux echó balones fuera y dijo que era una situación puramente circunstancial. Este año casi se ha vuelto a repetir, Valeria Bruni Tedeschi está sola en una selección de hombres. Con el agravante de que en Un Certain Regard (UCR) aparecen películas de Claire Denis, Sofia Coppola y Rebecca Zlotowski. Podemos considerar a la última una recién llegada (su ópera prima me parece excepcional), pero las dos primeras son grandes estrellas del circuito de festivales y es normal preguntarse cómo es posible que en una sección oficial donde hay sitio para directores tan discutibles como Amat Escalante o Paolo Sorrentino, no hay lugar ni para Denis ni para Coppola. No es defendible ni desde el punto de vista de marketing.

Tras cometer el error de seguir el acontecimiento en directo (ya ven, fui víctima del hype) y de atender al hashtag #cannes2013 en twitter, pude notar el éxtasis de mucha prensa especializada (no solo española) ante la selección de las películas de los hermanos Coen o de Alexander Payne. No solo no comparto esa emoción, sino que no puedo entender por qué la prensa oficial se pone tan feliz al encontrar películas así en un festival. El trabajo de los certámenes es dar a conocer cine que es difícil ver por otros métodos. Lo único que provoca la presencia de los Coen en Cannes es que el crítico de turno se la vea unas semanas antes del pase de prensa en España. ¿Es eso tan importante? Parece que sí, por todo el tema antes tratado de que el nuevo periodista cultural busca exclusivas, busca vender noticias y qué mejor que ser el primero del mundo mundial en ver la última película de Alexander Payne y hablar de ella. Puedo entender (más o menos) la excitación ante la selección del filme de James Gray. No formo parte de la corriente que quiere convertir a Gray en el autor americano definitivo, pero sí que me parece un director muy interesante, que puede gustar a diferentes tipos de públicos y que por extrañas razones que se escapan al sentido común, tiene unos horribles problemas para estrenar comercialmente sus películas en España.

En fin, aún queda la selección de la Quincena de los Realizadores (QR), hace unos años la sección más viva y arriesgada del certamen (con razón ninguno de los medios generalistas españoles se acercaba) y que en las últimas ediciones perdió parte de su pujanza con un cambio de dirección tras la marcha de Olivier Père. La gestión de su sucesor, Frédéric Boyer, fue tan desastrosa que ha durado solo dos años. El nuevo encargado es Édouard Waintrop y veremos si es capaz de recuperar el esplendor perdido.

-

Volviendo a Garrel, si suelo decir que todavía merece la pena leer un periódico como El País, es principalmente por su falta de competencia. En el ABC no hay crítica y en El Mundo ya ni la enumeran entre los estrenos del fin de semana. En el imperio de Pedro Jota hay que irse a El cultural, donde Carlos Reviriego realiza un texto transversal que va de Garrel a Valérie Massadian, donde, bajo mi punto de vista, hace una buena introducción a la película y luego no se mete en muchos fregados valorativos. Queda La Razón, donde tras navegar durante varios minutos en su caótica página web, uno puede llegar a la reseña de Sergi Sánchez, escueta, pero donde hay un esfuerzo por explicar quién es Garrel más allá de los tópicos y por qué hace la película, sin elucubrar ni sobreinterpretar. Que el espectador ponga el resto.

Por la reseña de La Vanguardia da la sensación de que la película la emiten por televisión, ya que tiene prácticamente el mismo formato. Aquí el problema no es del crítico, sino de cómo los periódicos van arrinconando poco a poco la cultura, sustituyendo la reflexión por la anécdota. Aún así, el texto es lo suficientemente abierto como para invitar al espectador a ver la película. Que en el fondo es lo que debe ser una crítica.

Adrian Martin se extiende sobre Un été brûlant en un texto muy interesante. Reconozco que el estilo de este crítico no es de los que más me gustan (quizás se merezca una entrada en el futuro), pero sus miradas sobre Garrel siempre merecen la pena. Y en un acercamiento muy original, que he recordado por casualidad, Pablo García Canga habla de Moretti y de bailes. Cita Un été brûlant y se refiere a Louis Garrel como el hombre que nunca baila. Me gusta el punto ocho, aunque por otros motivos que no vienen al caso.

Justo cuando iba a cerrar este post, me llega gracias a Raúl Pedraz otra pieza «imprescindible» sobre la última película de Philippe Garrel. Se trata de la reseña de On Madrid, una guía de ocio que solo se edita en la capital y que nació con vocación de tener «un espíritu urbano, moderno y desenfadado». Desgraciadamente no puedo hacer una valoración general de la publicación porque no soy de Madrid, aunque tiene pinta de contener más información práctica que crítica. Pero aún así, como en España se lleva mucho el dirigismo cultural, siempre tiene que haber un crítico, aunque sea para poner estrellitas, o un a favor y en contra. Al igual que la reseña de La Vanguardia, el texto de David Bernal tiene el tamaño de un par de tuits. Ya saben que lo importante es decirle al espectador qué debe ver y qué no. Aún así, en tan poco espacio, le da tiempo a soltar un montón de prejuicios. Fíjense en cómo utiliza cahieristas o «lo francés» prácticamente como un insulto. Ese final «no tienen que preocuparse por pagar las facturas» parece salido de un artículo incendiario de Jimenez Losantos contra titiretos, nacionalistas u otro de los objetivos habituales del conocido periodista. Ese odio hacia lo intelectual, muy español, debe venir de Millán Astray, aunque luego todos somos muy modernos (y urbanos y desenfadados). Respecto a los apartados ON y OFF, nada más verlo me recordó al método que utilizan revistas de otro género bien diferente. O quizás no sean tan diferentes, todo depende de lo que entendamos por moderno.

En fin, que si se ha tragado todo el rollo, debería al menos tener ganas de ver la película de Garrel. Quizás le pase como a mi y no viva en Madrid o Barcelona, ni en ninguna ciudad que pueda soñar con ver alguna vez (doblada, claro) Un été brûlant en cines. Como ya tiene su tiempo, la película se puede descargar. Pero también, por lo que cuesta una copa o dos (dependiendo de la calidad del alcohol y del lugar) se puede comprar en Amazon. Viene sin subtítulos, pero una vez hecha la buena acción ya nadie le echará en cara que se la baje.


-
  
Ha sido una semana feliz de estrenos, porque además de la gran película de Garrel se han estrenado Nana de Valérie Massadian y Promised Land de Gus Van Sant. Sobre esta última, Boyero aprovecha para soltar un montón de bilis en formato video, no sobre la película, sino sobre la gente que no piensa como él. Según la pérfida mente de este hombre, la crítica más sesuda que convirtió a Van Sant en un dios anda cabreada por su regreso comercial. Yo no creo que sea así, sino que hay un poco de todo. A mi es una película que me gusta mucho, hasta he escrito algo sobre ella en la revista Transit (autopromoción) y tengo en muy alta estima tanto el cine más industrial de Van Sant como el más radical. Eso no cabe en la cabeza de Boyero, donde siempre hay conspiraciones, doble moral y gente que atenta contra el orden natural de las cosas.

 Muy buena entrevista en Detour a Valérie Massadian. Firma Óscar Brox. Personalmente me encantan esas entrevistas editadas temáticamente, huyendo del clásico esquema de conversación. Otra entrevista (con una curiosa sesión de fotos) aquí.

El domingo tendrá su estreno online en filmin Los ilusos de Jonás Trueba. Su primera película, pese a interesarme en algunos aspectos, no me gustó. De hecho escribí un comentario bastante negativo del que no estoy muy orgulloso, no porque haya cambiado de opinión, sino por la vehemencia y ciertos comentarios despreciativos que realizo. Como ven, a veces yo también he sido víctima de lo que critico (ya en el primer post anunciaba que era una tentación) y en mi disculpa sólo puedo decir que aquel texto era una crónica de un festival, donde es fácil dejarse llevar por las pasiones. Eso sí, a pesar del tono creo que le dedico un espacio suficiente y desarrollo bastante los argumentos. Aún así, tengo ganas de ver su nuevo trabajo. De momento no hay muchas críticas online (y eso que ya se estrenó en Madrid). Gonzalo de Pedro escribe sobre ella en Sensacine.

-

El crítico sevillano Santiago Gallego estrena blog de cine, que a poco que lo llene de contenido se terminará convirtiendo en uno de los imprescindibles de la blogosfera cinematográfica española. Eso sí, en su primera entrada, dedicada a Like Someone in Love, no puedo estar más en desacuerdo con él. Hay una línea que explica a la perfección mi disconformidad con él: «la menor tentación de ceder a la explotación del morbo fácil». No solo creo que cae en ese error, sino que lo explota de una manera salvaje. Es una película de frialdad austriaca, de mirada distanciada. Hay dos escenas especialmente repulsivas. La primera, cuando la protagonista en el taxi deja abandonada a su abuela en la estación (y Kiarostami filma a la señora desorientada, desvalida) y luego muestra a la chica pintándose los labios, ante la mirada severa del taxista, que se da cuenta de lo que ha hecho. La segunda es cuando quiere señalar la depravación del anciano, mostrándolo cómo mira a la chica desnudándose. El director iraní filma de frente al señor y justo detrás suyo aparece el reflejo de la silueta de la actriz, borrosa, en la pantalla del televisor. Creo que lo más consecuente es que Kiarostami hubiese filmado a la actriz desnudándose directamente o bien no hubiese puesto el reflejo. Opta por esa situación intermedia, morbosa y sensacionalista.

Por lo demás, Kiarostami sigue teniendo una estética poderosa y seductora, pero sepultada por sus ambiciones de gran demiurgo (ese plano final efectista), algo que, al menos por lo que conozco, nunca había tenido el maestro iraní. Un director claramente en crisis. 

De todas formas, no les recomiendo que se guíen por mi opinión, sino que formen la suya propia viendo la película en filmin. Estará online hasta el día 22 de abril. Supongo que tras el atrevimiento de estrenarla online, ya nadie se molestará en llevarla a las salas. En Francia ya ha salido en DVD y se puede comprar en Amazon.

-

Hace ya un par de años que dejé de comprar la revista Caimán. De hecho, cuando dejé de hacerlo, todavía se llamaba Cahiers du Cinema España. Ahora, su director, Carlos F. Heredero, anuncia que la revista saldrá en formato digital, así que es posible que vuelva a suscribirme. Y por supuesto habrá muchos materiales susceptibles de ser incluidos en este blog. No sé si Dirigido piensa hacer lo mismo. Ojalá.






-

Tras un largo proceso, por fin está disponible el pack con las obras completas de Pere Portabella. Edita Intermedio. La ausencia de los habituales extras de las ediciones de Intermedio (ni textos ni entrevistas) se compensa con el hecho de que son siete DVDs a un precio bastante ajustado.