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martes, 11 de febrero de 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados

¿Cómo se le ocurriría el título a David Trueba?
En los años de la revolución francesa, cuando la Asamblea Nacional había tomado el poder y empezaba a procesar a los miembros de la realeza y la nobleza por su actitud irresponsable, estos seguían celebrando sus fiestas y actuando públicamente acorde a sus ritos estamentales. Para las clases privilegiadas lo más importante no es la riqueza ni el poder, sino la apariencia. Con una apariencia y un comportamiento noble, el resto de las cosas vendrían detrás. La realidad es algo que hay que esconder.

Estas prácticas se han trasladado a la actualidad y la gala de los Goya de ayer es un ejemplo perfecto. Cada año, nos dicen que las cifras del cine español son peores, que su situación es precaria, que mucha gente malvive o está en el paro. El año pasado, Candela Peña utilizaba su discurso de premiada, para pedir trabajo. Todos los años, casi como una costumbre, se utiliza la gala para cargar contra las injusticias, las desigualdades sociales y, si gobierna la derecha, contra los políticos. Y no porque los profesionales del cine sean de izquierdas, sino por una razón estética, como indicaba en el primer párrafo. Mostrarse comprometido con las causas más progresistas es lo mejor de cara a la imagen. Algunos dirán que estoy mintiendo y que los profesionales del cine (o al menos los que más agitan el arbol, los actores, productores o directores) tienen un fuerte compromiso social. Pero es difícil de creer si tenemos en cuenta que pese a su terrible situación, siguen celebrando un acto que en nada ayuda al cine, únicamente a industrias de superlujo como la alta costura o la joyería. Las galas son un acto exhibicionista y superficial donde nunca se habla de cine, sino de todo lo que le rodea y que poco le beneficia.

En los años 90, España creció (como siempre gracias a dinero público) como espacio de congresos y grandes macroeventos. No porque hubiese una demanda, sino porque era una buena forma (como se ha demostrado) de ganarse un dineral gracias a la construcción y la corrupción. Así nacieron imperios como el de Rafael Correa (NdA: mis disculpas al presidente de Ecuador, me refería a Francisco Correa) y así se benefició nuestro ilustrísimo Iñaki Urdangarín, organizando jornadas de paz y deporte, y cosas por el estilo. Como en España hace buen tiempo (o suele hacerlo, ahora ya ni eso) y apenas hay obstáculos legales contra el gasto público, se creó una red de congresos, eventos, festivales y demás fastos que vivían del dinero público. Cada pueblo tenía que tener su festival de cine, su evento deportivo, su congreso de algún tipo o su salón del comic. Yo, que he vivido en varias ciudades a lo largo de mi vida, siempre me resultó curioso la proliferación de festivales de magia. Aunque evidentemente la joya de la corona fueron los aeropuertos, cada ciudad tenía que tener uno. Supongo que todo se limitaba a la típica competencia entre ayuntamientos, la voracidad por conseguir votos en base al populismo más primario.

Pero (y con esto volvemos a los Goya) la realidad es que detrás de esto no había nada productivo. Simples espectáculos de masas. Superficiales y gigantescas operaciones publicitarias de los políticos de turno, como esa demencial cruzada de los políticos madrileños en busca de los juegos olímpicos. Y toda esta burbuja imitando al amigo americano. Las galas de premios, los salones del comic, las quedadas de fans, el Halloween, etc... fiestas que han ganado un espacio en nuestra vida cotidiana gracias a la influencia americana. No digo que sea buena o mala, cada cual pensará de una manera, pero mientras en EEUU esto surgió de manera espontánea y además en muchos casos existen para abastecer a una audiencia mundial, ¿qué repercusión tienen fuera de España estos eventos «culturales»? ¿En serio a alguien le interesan, fuera de España, los Goya o el salón del comic de Barcelona? En la ciudad condal, por tener, tienen hasta un salón erótico esperpéntico y de marcado mal gusto. Pero todo sea por hinchar esa burbuja mediática, por llenar espacio en diarios y programas de noticias (siempre estatales, claro), por abastecer a una audiencia endogámica ávida de tener acceso a «lo mismo» que en EEUU.

Pero como todo en esta vida se acaba, el dinero público también, lo que ha dejado en España un paisaje apocalíptico de salas de ferias y congresos que apenas albergan eventos del tipo concursos de tapas o los ya mentados festivales de magia. En los festivales de cine, si seguís este blog, ya sabéis lo que pasa. En muchos casos, se han tenido que buscar patrocinadores, cada vez más presentes, para poder cerrar las cuentas. En el caso de nuestros comprometidísimos Goya no han tenido mejor idea que asociarse con una empresa de trabajo temporal. Así que la mayoría de eventos y reuniones de la Academia de Cine han incluido el logotipo de esta empresa que, al igual que todas las de su tipo, significan precariedad y darwinismo laboral. Este es el compromiso de los Goya. ¿Dónde está el límite? No hay límite para la desfachatez de algunos personajes o empresas. Ojo a esta noticia que aparece en la propia web de la academia. Se considera una «oportunidad laboral» el trabajar una noche como ayudante de entregador de un Goya. ¿Qué valor tendría eso en un currículum? Quién sabe, quizás Adecco ponga a esos cuatro privilegiados entre esas estadísticas que se realizan al final de cada año de la gente que encontró trabajo gracias a su empresa.

Aquí Enrique González-Macho junto a un saco de dinero
 Otra constante en la gala de los Goya es la gente que se agolpa en la calle para protestar. Los primeros años la respuesta de los profesionales de la academia fue reaccionar contra ellos o bien evitarlos, como el año que hicieron una alfombra roja indoor para evitar el chaparrón de abucheos y gritos en contra. O que les lanzaran huevos. Los últimos años esto ha cambiado bastante, con Santiago Segura o Alex de la Iglesia, solidarizándose con los manifestantes o al menos mostrando comprensión. Como mediáticamente fueron muy alabados, parece que otros han decidido seguir su ejemplo, de ahí que varios famosos se acercasen a los manifestantes para mostrar su apoyo. Eran gente manifestándose contra los desahucios o contra el reciente ERE de Coca-Cola, aunque imagino que el significado era no solo la visibilidad de estos premios, sino también mostrar su indignación ante esta exhibición de superlujo en un país tan dramáticamente golpeado por la crisis como España. En la noticia enlazada antes, vemos a los Bardem acercándose a los manifestantes. Luego Bardem salió a entregar un premio o algo así, y no dudó en soltar un discurso sobre el bien y el mal, donde el bien eran sus amigos y él, y el mal el gobierno. Hoy por la mañana, un grandísimo ignorante como Vicente Martínez Pujalte, uno de esos dobermann del PP que solo existen para soltar burradas y que los más fanáticos de este partido se vengan arriba, decía que Bardem no podía quejarse porque había sido defensor de Zapatero. Esto es una tontería, sobre todo teniendo a mano, aún calentito, el caso Bardemcilla, donde la comprometidísima familia Bardem tiró de ERE para finiquitar a todos los trabajadores de un local madrileño que regentaba el único miembro de la familia que no pudo entrar en el show business. No voy a volver sobre ese tema (ya lo hice en su momento), pero dejo aquí un ejemplo del vergonzoso trato que le dio El País al asunto, poniéndose del lado de la estrella y tratando a los trabajadores como basura.

Como no vi la gala y tampoco vi las películas nominadas, no voy a hacer ninguna valoración sobre el tema. Los Goya representan un cine español que no me interesa. Alguno dirá que ya que no me interesa, no debería hablar de él, pero puesto que se paga con nuestro dinero (80000 euros en este último ejercicio), se promociona en nuestros medios de comunicación públicos, creo que tengo derecho (incluso obligación) de hacerlo, y más si lo considero una injusticia y una vergüenza que nada tienen que ver con lo que se le debe exigir a un evento de interés cultural. Los Goya son una pura epifanía capitalista pagada mayormente con dinero público y que encima completan su financiación promocionando empresas que son una falta de respeto a todos los trabajadores y parados de este país. Por lo tanto, la gente que dice eso de «si no te gusta, no lo veas» creo que tiene poca idea de lo que supone esta gala. Bueno, verla, por salud, nadie debería verla, pero opinar sobre lo que significa en la situación de este país, creo que es sano y democrático, dejando de lado opiniones a la Montoro de «todo el cine español es malo».

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Uno de los momentos más polémicos de la gala parece que ha sido el famoso video en recuerdo de los profesionales fallecidos a lo largo de este año. En este repaso, se incluyó a la periodista Beatrice Sartori, que bueno, no digo que no merezca un recuerdo, pero quizás en una gala cinematográfica sobre. Cierto que se dedicó al periodismo cinematográfico, pero no sé, ¿incluirán a Gregorio Belinchón cuando fallezca? Hombre, Sartori era mejor periodista, pero tampoco vamos a valorar su inclusión o no en una cuestión de opinión. Yo veo bien que incluyan a reconocidos críticos que realmente hayan supuesto un antes o un después en la profesión, incluso en el cine español, como José Luis Guarner o Miguel Marías (aunque este último que dure muchos años), pero ese no es el caso de Sartori. Con todo, es una cuestión de opinión. Lo que no es opinable es que Beatrice Sartori no es Nùria Vidal. Todo lo que rodea a esta equivocación huele a cutrez, improvisación y desinterés por parte de la academia de cine (recuerden, ochenta mil euros de subvención).

En ese mismo link hablan de la otra polémica: la inclusión de Concha García-Campoy. Lo más terrible de todo es que justifiquen su aparición por pequeños papeles y porque presentó un programa de cine en Telecinco. Seguramente esas fueron las razones y no que su pareja sentimental era Andrés Vicente Gómez.

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«Estoy listo para mi primer plano, señor DeMille»
Desde que El País lo dirige un holding americano de empresas, cada vez que inician una campaña o seponen comprometidos con algo, es fácil ver una razón detrás. Como los ataques furibundos de este diario a los dirigentes de América Latina o su completo cambio de perspectiva del conflicto palestino-israelí. Bueno, con Polanco también se utilizaban estas tácticas empresariales, pero al menos había periodistas más doctos o en mejor posición para hablar de determinados temas. Uno de ellos no era Iñaki Gabilondo, uno de los creadores y máximos representantes del populismo periodístico de izquierdas en España, tras la farsa histórica de la Transición. Su discurso siempre fue simple, pero airado, de esas personas que defienden que una ama de casa tiene tanto que decir sobre macroeconomía como un nobel de literatura, de ahí que bajo su brazo creciesen «periodistas» como Carles Francino o Ana Pastor. Una vez jubilado de la radio, pasó a la televisión donde hizo el programa de noticias de la recién nacida Cuatro, que al igual que todo el contenido de la cadena, era telebasura de la buena. Su mayor hit fue atacar (verbalmente) a un discapacitado, aunque a su favor hay que decir que después pidió perdón (algo complicado de ver en la profesión).  Ahora, fuera ya de radio y televisión, hace un videoblog en El País, cada vez más escondido y menos interesante. La última entrada está dedicada al cine español y es un auténtico despropósito. No niego que no tenga razón en muchas cosas, pero limitar todos los males de nuestro cine a ataques externos no le hace ningún favor a la industria, ni tampoco a la profesión periodística a la que, por suerte, Gabilondo ya apenas se dedica.

Otro que tampoco aparece mucho últimamente (lo que agradecen mis ojos y mi sistema digestivo) es Borja Hermoso. Pero sí aparece cuando hay que dejar clara la línea editorial en cuestiones de cultura o bien cuando hay que colgarse medallitas por alguna exclusiva basura (como lo del cierre de los Verdi). Hoy escribe sobre el desplante del ministro Wert, el primero ministro de cultura que se ausenta de la gala en toda su historia.

Respecto a lo de Wert, a mi su espantada me parecería bien, si mañana cambiase de arriba a abajo el sistema de subvenciones, eliminando las ayudas a amortización, impidiendo chanchullos en el tema de las coproducciones o a la hora de colar proyectos por enchufe, que defendiese festivales de cine y programas de exhibición y promoción del cine español en pueblos y provincias a donde no llega. Si hiciese todo eso y mandase a tomar viento a la clase alta del cine español, a esa que vive en la burbuja, pues entonces le diría que bien hecho. Pero claro, la realidad es diferente, y Wert es un ministro que se mostró chulesco y autoritario en sus declaraciones del último año, y ahora se escapa como un cobarde de una gala que iba a ser un acoso y derribo contra él. Además, no lo neguemos, si no fuese por los discursitos estéticos anti-PP, esta operación publicitaria que son los Goya es lo que entiende el actual Partido Popular por cultura: fiesta, folclore, glamour... Solo hay que ver la Comunidad Valenciana.

En cuanto a Borja Hermoso, se podría citar todo el texto, línea a línea, para dejarlo en evidencia. Los dos primeros párrafos son pura basura populista, apelando al español medio y utilizando palabras como «puñetero» o lo de «tomar las de Villadiego» no sé si para incluir en el texto algo de costumbrismo o sabiduría popular, defendiendo el uso del lenguaje de la calle. ¿Y qué decir de ese «tod@s» con arroba incluida para mostrarse multigenérico? ¿En serio el corrector de El País admitió eso para la edición impresa. ¡No me lo puedo creer!

Pero atención a lo que sigue: «Y si resulta que la gente va al curro, coge la piqueta y se traga los sapos y las culebras que hagan falta en la antipática sucesión de los días o del inquietante insomnio de las noches y luego ve que un ministro del Gobierno de España se disfraza de Juan Tamariz y se saca de la chistera una cita en Londres para no estar en los Goya». Ahora piensen en un periodista. Uno que trabaja en El País. Uno que es conocido porque cuando no le gusta un aspecto de su trabajo, se ausenta de él, sin ningún remordimiento. ¿Os suena? Una pista más: es uno de los mejores amigos de Borja Hermoso e hizo, al igual que él el trayecto de El Mundo a El País. ¿A que es fácil? Pues esta es la coherencia de Hermoso.

Dice de los Goya «que es una de las dos o tres convocatorias más importantes del año para quien lleva la cartera de Cultura». Ya veis, el trabajo principal de un ministro no es legislar, ni trabajar para mejorar el funcionamiento de su ministerio, ni acudir a certámenes de literatura, cine, música, etc... No, no, es acudir a la alfombra roja de esta exhibición de superlujo a hacerse fotos con González-Macho, Bardem y el resto de la Marca(Cine)España, que no el  «cine español» en su totalidad, como nos quieren vender. No, el cine español es la clase privilegiada, no los miles de trabajadores y creadores que hay detrás. Y Borja Hermoso dice que lo importante de un ministro es ir a esa gala. Porque para El País y para Hermoso, eso es lo importante del cine: la fiesta, la exhibición de lujo, el glamour. Eso es lo que vende periódicos. El populismo más rancio.

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Por si no había suficientes galas ni saraos en el cine español y todo lo que le rodea, algunos periodistas no tuvieron mejor idea que crear una nueva. Tiene el infame nombre de Premios Feroz y los da una asociación con el pomposo nombre de Asociación de Informadores Cinematográficos de España, que realmente parecen ser El País, El Mundo, Cinemanía y algunas tuitstars de periódicos regionales. Se autodenominan «los globos de oro españoles», a pesar de que ni los da la prensa extranjera asentada en España y valoran únicamente el cine y no la televisión (ya es difícil valorar la producción cinematográfica como para ponerse con el holocausto televisivo), aunque aún resulta más esperpéntico ese «antesala de los Goya», como si esta absoluta irresponsabilidad de nuestra industria necesitara además un primer plato. Ya es suficientemente indigesta de por sí sola.

Al menos se puede decir que no tenían como patrocinador una ETT. No, en su lugar tenían a Gas Natural Fenosa. Casualidades del destino, un par de semanas después de la confirmación del patrocinio se desvelaba el pufo de las eléctricas para subir la factura de la luz. Evidentemente, hay mayores razones de peso para estas subidas de tarifas, pero no es lo más razonable de cara al consumidor que le claven un puñal en la factura y al mismo tiempo vea en la televisión cómo patrocina cosas tan inanes como esta. Parafraseando a Borja Hermoso en su artículo sobre Wert, yo creo que las eléctricas deberían ser expertas en simbología.

De la gala solo vi un par de minutos (la presentaba una actriz de Los Serrano, ahí el nivel) y tenía a periodistas y profesionales del cine en mesas redondas, bebiendo y subiendo tambaleantes a recoger los premios. Tan tan tan innecesarios son estos galardones que encima votaron prácticamente lo mismo que los Goya, con notables innovaciones (¿?) como las categorías de mejor trailer y mejor cartel.

Puesto que son periodistas comprometidos con el futuro del cine español y su viabilidad, así como de la promoción del cine diferente y que no tiene acceso al circuito comercial, la Asociación de informadores cinematográficos de España no se presentará jamás a las ayudas del ICAA a la organización de festivales y certámenes cinematográficos. Que será siempre algo privado sin ayudas públicas de ningún tipo. Imagino que sí, porque muchos de sus miembros participaron en la defensa de festivales de cine como el Punto de Vista y otros amenazados por los recortes. No sería muy coherente que ahora compitiesen con esos mismos certámenes por una financiación pública para su alfombra roja y su photocall. En un par de meses lo sabremos.

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El año pasado, en el Festival de Venecia, Carlos Boyero dijo que se sentía hastiado y que iba a pedir que no le siguiesen llevando a festivales de cine, o al menos a aquellos que no tuviesen muchas películas que le gustasen. Parece que ha cumplido su amenaza y por eso no lo tenemos este año en la Berlinale. En su lugar, El País manda a Belinchón, que intentará dejar alto el pabellón tras la renuncia de su amigo. A Boyero se le podría aplicar el mismo dicho que a Zapatero: «alguien vendrá que bueno te hará»

sábado, 4 de mayo de 2013

Por el honor de Haewon

Haewon, sola e indefensa ante la crítica española.
En la anterior entrada daba mi opinión sobre Nobody's Daughter Haewon, la gran película de Hong Sang-soo. No me di cuenta entonces de que la película se había pasado en el festival de Berlín, en sección oficial, por lo que nuestros sufridos cronistas de los diarios habían tenido que verla. O no, porque si uno repasa la cobertura de Boyero de Cannes 2013 descubrirá que entre las películas reseñadas falta precisamente In Another Country, sin que diera explicación alguna. Si nos guiamos por lo expresado por Oskar Belategui, puede que el continuo retraso del estreno se deba a que el distribuidor todavía está buscando la opinión del crítico estrella para saber si debe estrenarla o no.

Sea como fuere, de Nobody's Daughter Haewon parece que no pudo escaquearse y nos regala un pequeño, pero suculento párrafo sobre la misma. Empieza fuerte haciendo su interpretación de la política de programación de los festivales: «ya sé que este cine ha dejado de ser exótico, que todos los festivales se esfuerzan hasta el delirio por exhibir en su programación variadas muestras de la cinematografía coreana». Hombre, hasta el delirio yo creo que sólo se esfuerzan en traer películas americanas que a su vez traigan estrellas de Hollywood para que la prensa basura saque fotos de pasarela. Eso es menos criticable, pero poner una película coreana aquí y allá, eso siempre es sospechoso. Hombre, a mi el cine coreano no me gusta mucho. De hecho, salvo Hong Sang-soo y lo poco que he visto de Im Kwon-taek, la mayoría de directores me parecen mediocres, tanto los despachadores de thrillers llenos de discursos moralistas sobre el bien y el mal, como los que han superado lo genérico para irse a lo disparatado (Kim Ji-woon, Park Chan-wook, Im Sang-soo). Y sí, aparecen mucho en los festivales internacionales, pero se debe principalmente a la buena labor de promoción de cara al extranjero y porque su producción cinematográfica funciona bien, han creado su propio star-system y las películas funcionan bien en el mercado local. Lo que pide El País para España, aunque ya saben que el crítico estrella va por libre.

Luego Boyero ya se va a lo que más le gusta, que es demostrar su ignorancia y esa cinefilia de oídas y de construcciones fáciles muy característica suya: «Tiene un parecido alarmante con ese cine europeo protagonizado exhaustivamente por la palabra, en el que los personajes no paran ni un segundo de hablar de cosas sensibles y trascendentes». Supongo que con «ese cine europeo protagonizado exhaustivamente por la palabra» se refiere a Eric Rohmer. O quizás a La maman et la putain. Ambas son referencias para Hong Sang-soo, claro. Tampoco quiero valorar lo de Boyero porque precisamente a mi me encanta el cine donde la palabra tiene el máximo protagonismo. Creo que Hong utiliza las palabras casi como si fueran imágenes, les da forma, materialidad, y además del significado superficial del propio desarrollo del diálogo, hay otro más profundo que contrasta con las imágenes y con la manera de entonar las palabras. Algo complicado de describir, claro. A mi los que me decepcionan son los directores que tratan de revolucionar el cine con cada imagen. Pero dejémoslo que son gustos. Lo que no son gustos y opiniones es decir que «los personajes no paran ni un segundo de hablar de cosas sensibles y trascendentes», al menos al tratar el cine del director coreano. Porque por si algo destacan los diálogos de este cineasta es por ser aparentemente superfluos, llenos de situaciones embarazosas y en muchos casos, terriblemente perjudicados por el alcohol. No hay mucha sensibilidad, porque hay arrebatos de sinceridad inesperados donde quedan retratados como personas groseras y poco respetuosos. En el cine de Hong, los diálogos muestran una hipocresia social. Construcciones lingüísticas utilizadas para esconder la verdad. En Nobody's Daughter Haewon, la protagonista y su amante, que es también su profesor, se encuentran inesperadamente con otro grupo de alumnos y terminan bebiendo todos juntos en un bar. Parecen felices, pero cuando Haewon (la protagonista) va al baño (a vomitar), el resto de sus compañeros se ponen a hablar mal de ella. Hacia el final de la película, la misma Haewon habla con dos amigos de frivolidades, de lo que le gustaría hacer en el futuro, de que lo importante es ser feliz, etc... y de repente se quedan en silencio sin saber qué más decir, hasta que ella le pregunta a uno de sus acompañantes «¿qué tal tu depresión?» y acto seguido hay otro silencio incómodo donde se da cuenta de que quizás la pregunta ha sido inapropiada. Estos cambios de tono son habituales en su cine y creo que se encuentra muy alejado de esa supuesta pretensión de trascendencia que le atribuye Boyero. Pero en fin, es Boyero.

Termina su muy sesudo comentario con un claro «Salgo con dolor de cabeza ante tanta verborrea inútil». Supongo que el poeta no opina lo mismo de su volcánico No se marchitan mis flores del mal, donde seguro que no había ningún afán de sensibilidad ni trascendencia.

En cuanto a Luis Martínez, ese crítico que empezó entusiasta como crítico estrella de El Mundo cuando se fugó Boyero, pero que tras años aguantando ya se le va notando el cansancio y la decadencia (cosa normal viendo la línea editorial de su periódico), tampoco le gustó la película, aunque tiene la deferencia de dedicarle algo más de espacio. Hasta tres párrafos. El resto del texto es para Catherine Deneuve y su mito. El de Boyero estaba enfocado en River Phoenix. Es lo que les va.

A favor del crítico de El Mundo hay que decir que al menos intenta explicar el cine de Hong atendiendo más a la realidad, y no a la pura fantasía :«Su cine se ordena siempre debajo de una arquitectura compleja y estudiada del que surge una superficie perfectamente clara (de ahí lo de transparente) poblada por situaciones comunes, existencias ordinarias... la vida misma». Ya ven, todo lo contrario que Boyero. Aquí no hay diálogos fatigosos, sino transparencia. Ni tampoco trascendencia, sino situaciones comunes y ordinarias. Y por supuesto, la inevitable comparación: «por echar mano del tópico infeliz, Sangsoo es lo más parecido a Eric Rohmer que ha dado el cine después de Rohmer». En su defensa, decir que ya señala que es un tópico infeliz y supongo que vale como fórmula. Que en un texto de caracteres limitados, el lector lee Eric Rohmer y ya pilla la idea. Y encima no está dicho con sentido despectivo, como en el caso de Boyero (donde ni siquiera citaba a Eric Rohmer, quizás porque lo confunde con cualquier otro de esos aburridos). Sigue contradiciendo al crítico de El País con «Como siempre, en Sangsoo los espejos se reproducen como las conversaciones en un laberinto de autoengaño tan entretenido como iluminadamente vulgar». Ya ven que Boyero no ha entendido absolutamente nada.

Luego, para mi, Martínez falla en la valoración. Con lo preciso que ha sido todo lo anterior, le ha faltado un análisis más detallado de los propios valores del film. Porque todo lo dicho hasta el momento vale para el 90% del cine de Hong Sang-soo. Es cierto, también, que valorar en un festival es muy complicado, y por eso los que hemos sido cronistas nos quedamos en lo superficial o nos vamos a lo estructural. A decir de dónde vienen las películas y hacia dónde van. «Eso sí, cabe decir que no es su mejor película y alguno estaría tentado de decir que tras la maravilla de 'In another country', vista en Cannes, ésta más bien parece la obra de un imitador. Todo parece realizado con cierta desgana, como arrastrando los pies». Curiosamente, a mi la que me parece la obra de un imitador es In Another Country, donde la presencia de Isabelle Huppert y una estructura episódica más evidente, la convertían en una obra mucho más artificial de lo que suelen ser las películas del maestro coreano. Todo parecía demasiado preparado, demasiado bonito, hasta los diálogos eran algo acartonados. Que fuera prácticamente rodada en inglés seguramente era una barrera también. Sin embargo, en Nobody's Daughter Haewon recupera su verborrea imparable, pero también una idea del plano mucho más simple y clarividente. La noción del encuadre es ligera. Compleja si se analiza detenidamente, con varias posiciones, variando dentro de la misa escena, pero la clave está en que si uno la observa de manera superficial, parece que el director coreano lo hace todo sin querer, como si simplemente estuviese siguiendo la acción.

Pero si Martínez me parece un crítico decadente, ¿qué decir de Oti Rodríguez Marchante? En su caso, cada texto parece un paso más dentro de una larga agonía. Un intrascendente trayecto entre la nada y la nada. Yo creo que el propio Oti es consciente de lo innecesario de todo lo que escribe. Ya ni hay orgullo ni chulería como en el caso de Boyero. En el fondo, simpatizo con él, porque su conducta no es violenta, aunque a veces tenga algún arrebato. No dice mucho de Nobody's Daughter Haewon más allá de una leve descripción: «La película es un continuo e inacabable diálogo al que se van sumando nuevos personajes sin que ello cause la menor intriga o tensión» y, evidentemente, Eric Rohmer: «Todo el mundo señalaba esta película de Hongsoo como una franquicia de Éric Rohmer, aunque sin tanto eco, poso y complejidades». De esto último destacar ese todo el mundo, muy utilizado siempre por la crítica para dar autoridad a sus argumentos. También para escribir a la contra, del tipo «¡A todo el mundo le gusta Apichatpong y a mi no!», una idea muy recurrente (se tratará en el futuro) y que siembra la idea de que las películas de Apichatpong tienen millones de seguidores, cuando realmente las ven cuatro monos que, eso sí, las defienden (defendemos) con fuerza. Tanta fuerza (y convicción) que terminan pareciendo «todo el mundo».

Oti cierra con un clásico suyo: «Cuando se termina «Nobody's daughter Haewon» uno se queda exactamente igual que cuando empieza… Tal vez pasados unos días uno empiece a notar algún síntoma, pero no da esa sensación». Que es como decir: «es posible que no tenga razón, pero lo dudo», lo que deja lugar a la falibilidad del crítico y no convierte el texto en un simple mi opinión, como hace la mascota de El País.

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Pueden achacarme que no sea un hombre de palabra. Dije que compraría el Caimán y al final me eché atrás. Dije que no compraría Sofilm por su horrible portada... y bueno, al final lo hice. Como ya suponía, la revista tiene la estructura de una Fotogramas o una Cinemanía, con sus artículos llenos de anécdotas, sus listas de los mejores diálogos sobre tal y cual cosa, algún texto dedicado a tendencias paralelas de cine, viñetas, etc... A mi es un tipo de revista que no me interesa mucho, aunque en esa línea la veo mucho más digno que el resto de las que pueblan el mercado, ya que parece medianamente independiente, no como las otras, que parece que todo son promociones de películas taquilleras y entrevistas de diez minutos donde le hacen al protagonista tres preguntas genéricas que responde de manera mecánica. En el caso de Solfim, las entrevistas son largas y realizadas con conocimientos. Dos las realiza el crítico Emmanuel Burdeau, antiguo crítico estrella del Cahiers francés dirigido por Jean-Michel Frodon. Da un poco de pena verlo reducido a cazador de entrevistas, pero en fin, tanto la de Oliver Stone como la del creador de Breaking Bad no están mal, aunque sean personajes que a mi no me interesan. En general, todas se centran más en anécdotas y en el personaje creado que en su propio trabajo. En el fondo, es una revista que trata más de todo lo que rodea al cine que del cine en sí. Vean la última entrevista a Johnnie To. Es un director al que no se le han hecho muchas buenas entrevistas, que tiene una filmografía larga y misteriosa, pero realizada con una cierta coherencia pese a transcurrir dentro de la loca industria hongkonesa. Pero en lugar de hablar de eso, se dedican a tratar temas tan trascendentes como el vino europeo, la gastronomía, el clima, etc... Por cierto, esa fórmula de entrevista+comida también la tiene El País algún día de la semana. Se llevan a un famosete a comer a un sitio caro y exclusivo, donde hablan del destino del mundo, desde la pobreza en África hasta la prima de riesgo.

La parte más jugosa para los que nos interesa esto del cine es el cuaderno crítico, donde analizan una película, L'exercice de l'État, una serie, Girls, una película española underground como Mi loco Erasmus y el clásico de Jean Renoir Boudu sauvé des eaux. Con esta última mi amigo Fer Ganzo está poco elegante llamando cuqueras al director y acusándolo de antisemita, cuando no viene al caso. También creo que se equivoca en su crítica L'exercice de l'État en esa dicotomía que hace entre la vieja nobleza política y una nueva generación más popular y grosera. Bueno, pocos políticos hay más elitistas que Mariano Rajoy. Me gusta traer a colación siempre que puedo esos artículos que nuestro querido presidente escribió en su juventud, en los que defendía la desigualdad natural de las personas. Supongo que Fer se refiere a una nobleza que compartía unas formas nobles de actuación, pero para mi González y Pujol eran tan groseros y díscolos como Rajoy. Y menos elitistas.

Me decepciona un poco ver a Gonzalo de Lucas citando a Luis Enrique y Tassoti para defender una película. No sé si es que Mi loco Erasmus solo merece un tipo de defensa así, no lo sé. Gonzalo escribió alguno de los mejores textos de la antigua Cahiers España, entre ellos uno maravilloso sobre Jean-Luc Godard (creo que en el especial de Film Socialisme) y otro antológico sobre el Tríptico elemental de España de José Val del Omar, dos trabajos que forman parte, para mi, de lo mejor escrito nunca en prensa escrita en España. Después, Álvaro Arroba fusila Girls sin piedad. Es un texto gracioso, pero tampoco muy analítico. Divertido de leer en clave hater, pero ya saben que a mi los textos negativos no me interesan mucho. Las revistas, creo, sirven para defender películas, no para tumbarlas.

Por último, dentro del cuaderno crítico, hay dos traducciones de la edición francesa. Primero, un fantástico análisis del final descartado de Vertigo. No lo conocía (no soy muy de mirar extras de DVD), pero la escena parece magnífica y la manera de describirla de Bertrand Bonello me da más ganas todavía de verla. Y segundo, una lista donde te explican si eres o no fan de Leonardo Di Caprio, un artículo fotogramero que supongo que se les coló en la maquetación del cuaderno crítico.

En fin, que yo creo que es una buena revista para el ámbito en el que pretende moverse. Tiene rigor y dignidad y no es una colección de absurdas promociones de películas de Hollywood. Hay más cosas que me he dejado: una entrevista con Isabella Rossellini, otra con Alfonso Guerra (sobre cine), un especial de Will Ferrell... y la entrevista de portada con Mickey Rourke, quizás el contenido menos atractivo de toda la revista. No sé por qué ha merecido tal honor, quizás porque también ocupó ese espacio en el original francés. Pero bueno, si se compran la Fotogramas u otra del estilo, pueden cambiarse: le dará más horas de lectura y los contenidos están hechos con algo más de cuidado. Si buscan leer algo en la sintonía de lo que habían hecho antes críticos como Fer Ganzo, Álvaro Arroba y Gonzalo de Lucas y no son muy transigentes con ciertos guiños de mercado, pues quizás no sea lo que están buscando.

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Hablando de la Fotogramas...

Espero que esto no sea su concepto del «cine de autor». Vale sí, tanto Bigelow como Cronenberg son autores, y muy buenos (aunque sus últimas películas no me apasionen), pero fíjense cómo está construido el tuit: «El mejor cine de autor también está en @wuakitv». Para mi ese también es demoledor, porque da a entender que esos dos directores son una excepción ante un cine más comercial, cuando yo creo que esos dos directores y particularmente esas dos películas son abiertamente comerciales (lo que no quiere decir que no puedan ser complejas, claro) y el cine de autor al margen habría que buscarlo en otro sitio. Ese sitio al que Fotogramas se acerca muy de cuando en cuando, por no decir casi nunca. Cosa entendible si piensan que Zero Dark Thirty y Cosmopolis son ese cine de autor que también llega a las salas. ¡Para que luego no digan que todo son grandes producciones de Hollywood! No, no, por favor, en Fotogramas también hay sitio para el cine pequeño y que apenas capta la atención de los medios...

Bueno, es un tuit, supongo que estoy sacándolo de quicio. Pero se lo merecen.

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¿Qué sería de Arraianos sin el apoyo del ICAA?
Acabó el D'A de Barcelona y el premio de la crítica fue para Arraianos, esa película que parece un festival killer, porque moja allá donde va. Se lo merece, claro. Es una película hermosa y rigurosa, sin que estos dos conceptos entren en conflicto. Una película pequeña y humilde que ha crecido por méritos propios y a la que quizás los medios deberían dar una mayor consideración. En su texto resumen, Jorge Mauro de Pedro trata a la película vencedora como una mera anécdota. El artículo parece salido de un Yo Dona o alguna de esas revistas para mujeres. Termina con un «D’A forever bitches!». Pues vale.

En El Periódico no he encontrado una sola crónica del D'A, salvo un par de textos informativos al inicio del certamen y otra sobre la visita de Cristian Mungiu. No sé si es que no suben ese contenido a la web, pero en fin, me parece muy triste si no dan más información de un evento así. Supongo que para compensar suben esta entrevista a Clara Lago donde presume de haber aprendido catalán. También esta noticia cultural de primer orden (miren quien sale en la foto que acompaña) En el Diari Ara, que tiene pinta de ser el mejor periódico catalán (desgraciadamente su edición digital tiene muchos contenidos de pago), ofrece una escueta nota sobre las premiadas, aunque tiene la deferencia de incluir los motivos que dio el jurado para premiar Arraianos: «la seva habilitat per integrar en el relat cinematogràfic a una comunitat rural la memòria, tradició oral i formes de vida de la qual perviuen i dialoguen amb el present». ¡Bravo! El jurado estaba formado por Covadonga G. Lahera (Transit), Arnau Vilaró (Lumière) y Perè Alberó (profesor, crítico y cineasta, autor de un libro sobre Theo Angelopoulos). Conozco a los dos primeros (bueno, a Arnau no en persona), pero felicidades a los tres por su buen gusto.

La cobertura del D'A no ha sido muy amplia. Yo les recomiendo algo para la siguiente edición: que le den un premio a Javier Bardem. Entonces tendrán una página entera en El País. Claro que estará dedicada por entero a ese superhéroe español y no de las películas, pero la promoción la tendrán. Entre los medios independientes no ha habido mucho movimiento, quizás las crónicas sean a posteriori. De las que leo habitualmente, solo Mónica Jordan ha estado al pie del cañón en Transit. El tercer capítulo de su crónica es algo más desangelado, quizás porque las películas tampoco se prestan a mucho análisis (sí, aquí estoy siendo prejuicioso). Aunque tenía a jóvenes directores menos conocidos como Matías Piñeiro o Hammudi Al- Rahmoun Font (o eso dice en la introducción), el texto se centra en Michael Winterbottom, Michel Gondry y Sion Sono. El texto se llama Autorías licuadas y nombres propios. Lo de autorías licuadas le va bien a Winterbottom y a Gondry, aunque Mónica del segundo dice «con apenas unos fotogramas seamos capaces de reconocer su autoría incluso en The Green Hornet», lo cual me cuesta creer, aunque como hace un tiempo que no veo películas de Gondry, despues de La science des rêves ya no quise ver más. Por eso, como hace ya siete años, quizás Gondry sí que ha conseguido crear una autoría clara más allá de sus personajes saltarines y sus salidas de tono coloristas.

Claro que el concepto de autoría es complicado y puede hacer referencia a muchas cosas. Por ejemplo, cuando habla de Sion Sono la entiendo mejor. «En su estilo exagerado y operístico, en sus historias de personajes múltiples, en el uso de la música clásica y en una serie de actores ya en nómina fija, encontramos la apuesta autoral de Sono». Es algo que no tiene que ver con el camera-stylo que patentó Alexandre Astruc en Cahiers du Cinema, pero sí unos simbolos reconocibles que se repiten a lo largo de una filmografía. Yo creo que el estilo de Sono no es fuerte en cuanto a creador de imágenes, está muy influido por cosas totalmente diferentes, y eso le hace ser anárquico e irregular, pero sí que tiene unas constantes habituales. Es un debate interesante y complejo, puesto que esta idea de autoría choca con la desarrollada en las dos crónicas anteriores.

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Antaño, las columnas de opinión las escribían personalidades que se habían hecho un nombre a base de escribir. Gente reconocida por su talento. Hoy, antes de nada, tienes que ser famoso. Un nombre reconocible. Así lleva años David Trueba en El País escribiendo cosas como la que sigue: «explota el privilegio del cine y la ficción en general para obligar al espectador a masticar la vida con una boca ajena». El texto es la nada absoluta. Una defensa a medias de Jagten, la película de Thomas Vinterberg. La falta de criterio es alarmante. Sigue reconociendo a Vinterberg como el director Dogma. Dice alegremente que «ha abandonado el Dogma». Hombre, lo abandonó hace 15 años y desde entonces ha hecho unas cuántas películas y todas con poco que ver con el dichoso movimiento.

Pero en fin, a Trueba lo que le interesa no es hablar de cine, sino del histerismo social, de reprender a la sociedad por su mal comportamiento. Ya saben, yo en mi torre y los mortales, sucios y hambrientos, rencorosos y malvados, en la tierra. No cita a Fritz Lang, lo que le hubiera dado cierto regusto cinéfilo. Se prestaba una cita a M o a Fury. El último párrafo ya no sé si es una broma o realmente se cree lo que dice de la industria danesa de cine. Dicen que mi opinión sobre cómo se reparten los trabajos en la redacción de El País es fantasiosa, pero miren el comentario que hace Trueba sobre la industria danesa. Y él cobra por artículo, ¿eh?